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En 1702, nuestras costas fueron escenario de uno de los más cruentos combates navales que recuerda la Historia de Europa. Por aquel entonces, el continente se debatía en un conflicto de grandes dimensiones, en el que estaba en juego a sucesión a la Corona de España.
La posibilidad de que Felipe de Anjou, nieto del Rei Sol, accediera al trono español, provocó la enérgica reacción de las demás potencias, temerosas de ver unidos el poderío militar y económico francés con el inmenso potencial del Imperio colonial español. El 11 de junio de este incluso año zarpaba de Lana Habana, rumbo a Cádiz, la Frota de Indias: 19 galeones españoles, escoltados por 22 buques franceses, transportaban el más valioso cargamento que jamás había cruzado el Atlántico. Pero mediada la travesía, descubrieron que una poderosísima escudería anglo-holandesa los estaba aguardando en el Cabo Sano Vicente. Así que el almirante Manuel de Velasco, siguiendo los consejos de un piloto gallego, pujo rumbo a la ría de Vigo, en la que entraron el 22 de septiembre. El convoy buscó refugio en la Ensenada de Sano Simón, comenzando inmediatamente los preparativos para la defensa: el paso de Rande fue obstruido por una barrera de toros, cables y pequeñas embarcaciones, al tiempo que se reclutaban apresuradamente milicias para reforzar los dos pequeños fuertes existentes la cada lado del estrecho. Paralelamente, 1.200 carros del país fueron requisados para transportar las mercancías a Madrid.
Un mes fue exactamente el tiempo que tardó Rooke en descubrir el paradero de la Frota de la Plata, y el 22 de octubre entraba en la ría a escudería más grande que por aquí se hubiera visto. El primero cometido de los anglo-holandeses era tomar los castillos de Rande y Corveiro, lo que lograron el día siguiente sin grandes dificultades. Entonces, comenzó la gran batalla. La artillería francesa consiguió contener al contrincante nos primeros envites. Así fue hasta que el "Torbay", buque insignia británico, y armado con picos, logró romper la barrera que impedía el paso del estrecho. La frota rival pudo ya penetrar en el hondo de la ría, donde la falla de espacio para las maniobras no dejó otro recurso que el abordaje. La encarnizada lucha cuerpo a cuerpo se combinó con el uso de numerosos materiales incendiarios, provocando un espectáculo dantesco y espantoso. La diferencia numérica entre una escudería y otra era muy grande, y aunque los franceses se batieron valerosamente, la derrota se hizo inevitable. Fue entonces cuando el comandante de la frota mercante española, que carecía de medios de defensa, ordenó hundir los buques para evitar que cayesen en manos enemigas. Mucho se ha especulado sobre la posibilidad de que los galeones españoles si fueran a pique cargados de incontables riquezas, cimentando así la leyenda del "Tesoro de Rande".
Incluso el día de hoy, fueron numerosas las expediciones que lo buscaron. ES probable que la parte más valiosa del cargamento tuviera partido ya hacia Meseta, durante lo largo mes que estuvo la frota en la ría. Sin embargo, no se pode descartar que una parte importante permaneciera aún en las bodegas de las naves. Eso parecen indicar los cuatro millones de pesos que llevó el enemigo, y que junto con los siete buques de guerra capturados y seis galeones, constituyeron un considerable botín.
El que sí está a excepción de toda duda es que la batalla de Rande fue una carnicería. Del bando franco-español cayeron 2.000 hombres, mientras que los muertos ingleses y holandeses fueron unos 800. También claro está que fue un desastre para los derrotados. Los franceses perdieron sus mejores buques de guerra, y los españoles se quedaron sin barcos para hacer la carrera de Indias. Y mientras nuestro país procuró olvidar enseguida tan amarga derrota (al que contribuyó no poco el relativo éxito en el balance total de la guerra, que permitió la consolidación de los Borbones en el trono), la victoria de Inglaterra y Holanda consiguió enorme difusión en toda Europa, y fue celebrada durante largo tiempo. La “Callede Vigo", en pleno centro londinense, sigue a recordar a los británicos la gran trascendencia que este hecho de armas tuvo, al igual que Julio Verne inmortalizo los tesoros de Rande en su novela "20.000 leguas de viaje submarino. .
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