Piratas Berberiscos...


Litografía barco pirata



Realizado por Paula Iglesias Vázquez

 

 

 

 

Los turcos destruyen la Villa de Cangas

En 1617 tuvieron lugar los hechos más dramáticos que ha conocido Cangas a lo largo de su dilatada Historia. Un 4 de diciembre, los habitantes de la ría de Vigo veían aterrorizados como once navíos corsarios turco-berberiscos fondeaban en las Islas Cíes. Sus propósitos no podían ser más sanguinarios: causar los mayores estragos posibles en las posesiones de la Corona Española, y practicar la rapiña y el pillaje allí por donde fueren.

La primera población atacada fue la villa de Bouzas, a la que dejaron totalmente destruida con más de cien muertos. Luego intentaron desembarcar en Vigo por varios puntos, pero la tenaz resistencia con que se encontraron les hizo desistir de su principal objetivo. Así fue como el día 8 decidieron poner rumbo a la margen norte de la ría, mucho más desguarnecida. En la playa de Domaio (Moaña) una defensa tan valerosa como inútil dejó siete cadáveres sobre la arena, a lo que siguió el expolio de esta pequeña parroquia. Todavía trataron nuevamente los piratas de apoderarse de Vigo, infructuosamente, antes de dirigir sus proas contra Cangas, que por aquel entonces era una humilde villa de pescadores, totalmente desprotegida. La escasísima milicia no disponía de recinto fortificado alguno en el que resistir, ni tampoco de artillería. A primeras horas de la mañana, tras un intenso bombardeo, unos 1.000 hombres desembarcaron en Rodeira y en la Punta de Balea, ante el pavor de los lugareños. A las menguadas tropas se unieron numerosos vecinos mal armados, protagonizando una lucha desesperada, en abrumadora inferioridad numérica. El mayor heroísmo de aquellos hombres y mujeres estuvo en que fue su sentido del honor el que les impidió abandonar sus hogares ante el invasor, pues en tales condiciones era impensable la victoria.

A las pocas horas, los que consiguieron huir a los montes cercanos pudieron contemplar un espectáculo espeluznante: la villa ardía por los cuatro costados, incluida la Colegiata y el Hospital, y docenas de cadáveres sembraban las calles. Todavía se dedicaron los turcos a saquear los alrededores durante tres días (en los que quemaron también la iglesia de Darbo) antes de desaparecer con su rastro de muerte. Consigo se llevaron un abundante botín, pero también a decenas de personas hacia el cautiverio de Argel.

El pueblo de Cangas tardó mucho tiempo en recuperarse de aquel desastre. Su población quedó diezmada; su economía, quebrantada. Un nuevo azote, el hambre, se cebó con los más desfavorecidos, lo que se vería agravado por las malas cosechas durante los años venideros.

Aquellos terribles sucesos dejaron en la memoria colectiva de Cangas hondas cicatrices de dolor y de miedo, que a la postre quedaron inmortalizadas por la tradición oral. Es el caso de un famoso poema anónimo de la época, que nos dice en una de sus estrofas:

…Vinieron los moros renegados
allá de muy lejos, lejos, lejos
Todo arrasaron y estaba él
Allá lejos, lejos, lejos
¡Quien fuera galgo,
quien fuera pájaro,
quien fuera viento...

 

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